Nos vamos a casar: Cuestiones financieras

Hoy vengo a reanudar la historia que empecé, como hago de vez en cuando, solo que la historia de un noviazgo está a punto de terminar para convertirse en la historia de un matrimonio, de un hogar que empieza. 

Después de 4 años de desempleo, mi novio por fin ha conseguido trabajo, y por eso elegimos una fecha para casarnos, y la elegimos a dos meses de distancia, lo cual fue un golpe para nuestras familias y amigos. No han faltado, al contrario, han sobrado quienes con malicia buscan una razón tipo "embarazo no planeado" por la que estemos apurando el matrimonio, pero quienes nos conocen y han incluso seguido este blog, saben que llevamos una relación casta y esa no puede ser la razón, es físicamente imposible. Si hay algo que he aprendido en estos cuatro años, es que es más fácil para la gente esperar lo peor de uno que lo mejor.

Vamos a empezar sin nada: no tenemos ahorros, yo me gano algunos pesos con empleos informales de músico, y el sueldo de estos dos meses que mi novio lleva trabajando está bastante comprometido con deudas y gastos de comenzar esta vida juntos. Adicional a todo, tengo una deuda altísima e impagable con el gobierno, que me prestó el dinero para hacer la maestría en Europa. Nuestras familias están preocupadas porque eso nos juega muy en contra, pues saben que al casarse por lo católico, estaremos abiertos a la vida desde el principio del matrimonio. 

Yo siempre he sido impulsiva, lo acepto. Soy reflexiva después de que he actuado, lo cual no sirve de mucho... Así como cuando me quise ir a Inglaterra, y después de que todo estuvo listo me acordé de que en libras esterlinas se vive 4 veces más caro que en mi país; de esa forma colaboré en la decisión colectiva de casarnos con dos meses para preparar todo, sin tener en cuenta el periodo de prueba que existe para todos los empleos, y haciendo caso omiso a mi deuda. No fue sino al final del primer mes que vi que me llegaría el recibo para empezar a pagar, que me pareció que todo era una locura, y pensé en cancelar la boda, e incluso en terminar la relación por completo. Mi querido Beorn me aterrizó y me dijo que vamos a asumir esa carga juntos cuando nos casemos, así tengamos que llevar una vida más austera. Eso me tranquilizó y comencé a fantasear con una vida románticamente austera, idealizándola: "Vamos a lograrlo y nos va a hacer mucho bien, como a los santos". Así me consolaba sin tomar en cuenta que también soy impulsiva para comprar, para consumir. Siempre lo he sido, desde niña, porque mis papás son así y ganan muy bien con su profesión de médicos.

No me esperaba que un ladrón me sacara del bolsillo el celular la semana pasada. Mi celular que sin ser el más caro era muy bueno, y que mis papás me habían comprado como gesto de auxilio ante mi situación de estanco, para que tuviera una buena herramienta que me permitiera conseguir más trabajo. Ahora, que estamos en la segunda mitad del mes, los pocos pesos que me gano se han ido casi por completo, y a punto de casarme, me parece descarado pedir a mis padres que me ayuden a comprar uno nuevo. Es por esto que ayer fui a pedir una tarjeta de crédito. Ya me la habían negado antes, y no es que mi situación haya mejorado sustancialmente. La primera vez que me rechazaron, me sentí muy humillada, y ayer que había vuelto con esperanza, fue sintiendo la humillación poco a poco de nuevo, me sentí casi como un mendigo, porque además fui atendida por el mismo señor, y él me recordaba.

Mientras me hacían el estudio para aprobar mi solicitud o no, me fui a dar vueltas por el centro comercial en el que estaba. Vitrinear, es decir, mirar vitrinas, es de las actividades que más me han gustado toda la vida; pero ayer lo odié. Todo se me vino encima: No tengo ni para que me aprueben la más básica de las tarjetas de crédito, porque lo que tengo apenas me alcanza para moverme, y tengo una deuda pesada como un ancla que he colgado del cuello de este matrimonio... Estas cosas nunca van a ser mías, nunca más podré pretender que puedo pagar este estilo de vida que me proponen estas vitrinas, mi ropa se gastará y se pondrá vieja, y ese será mi nuevo estilo, andrajoso... 

Casi lloro, me llené de un odio que no sabía que podía albergar, y comprendí lo sumergida que estaba en la dinámica del consumismo, que no es más que codiciar lo que uno no tiene, es decir bienes ajenos. En esta lucha, me llegó un mensaje de que me habían concedido la tarjeta de crédito. No entendí nada... No supe qué cambió, yo solo sé que compré el celular, igualito al que tenía, nada más, y me fui.

En mi amplia experiencia yendo a psicólogos, y terapias de todas clases, puedo asegurar que las cargas y malas mañas que uno tiene se empiezan a ir cuando uno las ve con claridad. ¿Quién podría darse cuenta de que ha sido codicioso y no querer cambiar? No tengo que usar ropa vieja, no tengo ropa vieja ahora, mi ropa está en excelente estado, tengo todo lo que necesito ahora mismo, y cuando la necesidad se presente, mi esposo y yo contaremos los pesos y compraremos en lugares no tan exclusivos, estrictamente lo que nos hace falta, y eso está bien. Es verdad que el celular no podía pagarlo de contado en el futuro cercano, pero no lo tenía, e hice lo que era necesario para tenerlo, porque ahora estos aparatos son casi que de primera necesidad.

No es gratuito que lo que pasó ayer estuviera alineado con que pronto me casaré, tenía que hacer estas reflexiones sobre el tema, y gracias a Dios me di cuenta de lo frágil que soy en este aspecto, así como en muchos. Ya más tranquila he pensado que vamos a estar muy bien, porque Dios provee con tanto cuidado, que para lo necesario y las deudas vamos a tener. Nos estamos casando jóvenes, y por eso podremos aguantar fácilmente una primera década sin lujos. 

Bendito seas, Señor.


Comentarios

Entradas populares