La depresión
Hace unas semanas me dí cuenta de que soy feliz, sin razón temporal aparente, y escribí la siguiente entrada en mi blog de impresiones:
https://impresionesceballina.blogspot.com.co/2017/10/cantar-por-la-calle.html
Por la misma época había encontrado en las redes una opinión interesante acerca de la depresión: El personaje afirmaba que la depresión no existe, un punto de vista que resultó ser sorprendentemente polémico, quizá más polémico de lo que en verdad amerita.
No es que yo lo vea desde fuera, y por eso "subestime" esta condición que entra en el grupo de las condiciones psiquiátricas y que es medicable. Cuando sufrí una enfermedad de la piel hace algunos años, también se me diagnosticó una tendencia depresiva. Los síntomas eran no querer levantarme de la cama, no querer hacer absolutamente nada y menos comer, llorar mucho, y dormir más de 10 horas todos los días. Recuerdo que intentaba leer y no encontraba la concentración, y mi mente no tenía claridad sobre nada, sólo sabía que padecía y que me veía muy mal, y ese pensamiento derivaba en aquel espiral de autodestrucción. Como apenas se trataba de una tendencia, nunca tuve deseos de acabar con mi vida, jamás lo intenté ni se me pasó por la cabeza. Yo quería vivir, quería estar mejor, quería cumplir mis deberes, pero la inflamación, los ardores y las heridas no me dejaban.
El personaje de la opinión polémica hizo una reflexión interesante que dejó una honda huella en mí: La tristeza no es más que insatisfacción, y si se está insatisfecho con la propia vida es porque en algún momento se han tomado malas decisiones. Esto quiere decir que la depresión es más culpa de uno que cualquier cosa. Aceptarlo es duro, porque a nadie le gusta ver que se ha equivocado, pero inmediatamente vi con claridad como en mi caso se aplicaba.
Poco antes de enfermarme entré a una relación con un muchacho que no respetó la inclinación hacia la castidad que yo comenzaba a tener en esa época. La cosa fue tan directa en este aspecto, que cuando lo hablamos y yo tuve que escoger entre estar sola pero casta o estar acompañada por él. La culpa me consumía desde el principio, porque estar con él tampoco me convencía, ni me inspiraba un "sacrificio" tal como el que hice. Esa relación era solo la punta del iceberg. Debajo de ella estaba esa dañina necesidad de estar siempre con alguien para compensar mi bajísima autoestima y la carencia de sentido de vida e identidad que tenía. Yo siempre lo supe, sabía con qué excusa hacía lo que hacía, pero me asqueaba de mí misma por hacerlo, porque pudiendo tomar las decisiones correctas, es decir abrazar la soledad y buscar ayudas espirituales, no lo hacía.
Desde que había cometido un primer acto de soberbia, en el que no acaté los principios con los que me criaron y preferí ir en la dirección en la que iba "todo el mundo", había sido profundamente infeliz. Mi depresión era resultado de la debilidad de mi carácter y una primera mala decisión. ¿Cómo se cura eso con medicamentos? Es más, ¿quién en su sano juicio justificaría esta "depresión"?
No fue necesario que tomara medicación para mi tendencia depresiva, y lo que me curó la piel finalmente fue la oración, el reencuentro dichoso y pleno con Jesucristo en la Iglesia Católica. Hacerle caso a la conciencia es el camino a la satisfacción y a la autoestima más eficaz que he encontrado en mi experiencia. El saber decir que no, el escoger el camino de la Verdad y renunciar cada día a lo que me hace daño... Nada forma más el carácter, nada te da más dignidad ni te hace más persona.
No lo sé, no quiero ser desafiante, pero estoy de acuerdo con el opinador: la depresión no existe, existe la insatisfacción con la propia vida resultado de malas decisiones. Que esa insatisfacción sea algo tan común hoy en día, es un diagnóstico de la moral y la formación del carácter en esta época. Deberíamos estar más alertas, revisar con la conciencia abierta nuestras vidas para luego enmendar y retomar el camino que deberíamos seguir, siempre asumiendo nuestra responsabilidad.

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