La pureza y la paz
Hoy mi familia se fue temprano y me encontré completamente sola en la casa por un par de horas. La ansiedad me dominó, y antes de tomar mi baño, me aseguré de que puertas y ventanas estuvieran cerradas y aseguradas. Hace poco ocurrió algo que me arrebató la paz y me hizo conocer sentimientos que jamás querría haber conocido. Siento con pesar como el candor del que hablaba hace casi dos años en este blog se esfuma y mi personalidad se transforma.
El año pasado, mi prometido y yo íbamos caminando despreocupadamente en plena tarde. Estaba empezando a llover y un tipo se nos acercó y, amenazando con que tenía un arma, nos robó lo poco que llevábamos. Nunca nos habían robado y la experiencia fue bastante incómoda, sin embargo, no perdimos realmente nada y el susto fue superado rápidamente.
En cambio, un domingo hace tres semanas, sentimos el deseo de caminar en pleno atardecer, y después de hacerlo durante un rato, nos sentamos en el parque en el que nos dimos nuestro primer beso. Para nuestra sorpresa la dicha del momento duró poco, y nos vimos rodeados por tres tipos armados con cuchillos. Uno me agarró del cuello y sin perder un minuto fue pasando sus manos por mi cuerpo. Ese día perdí todas mis pertenencias del día a día que cargaba en mi bolso, una buena cantidad de dinero y todos mis documentos. Mi prometido perdió otro tanto de cosas indispensables. Los delincuentes usaron lenguaje fuerte, nos requisaron a ambos minuciosamente para que no se les escapara nada, y por lo tanto, fui irrespetada más de una vez.
Toda la semana siguiente estuvo determinada por el miedo, la escasez, y el deber de recuperar lo perdido. Yo estuve particularmente dolida y angustiada. No podía creer que algo de aquella maldad ajena y lejana que uno sabe que existe a distancia, me hubiese tocado de primera mano. No pude orar, estaba decepcionada y furiosa, porque sentí que nuestros esfuerzos por ser buenos se veían burlados por la maldad del mundo, y de nada importaban. Entre aquellos esfuerzos, la pureza que me he esforzado en mantener. Desde que vivo una relación casta mi dignidad ha crecido muchísimo, y cada vez soy más estricta con lo que alimenta mi mente, los pensamientos que me permito y la forma en la que me visto. Ese día tenía falda hasta abajo de las rodillas, una blusa blanca sencilla y una gran chaqueta abrigada. Pensaba que nada en mi pinta iba a despertar malas intenciones en un hombre, pero aún así, me habían injuriado aquellos perversos individuos.
Velar por mi propia pureza me había dado la paz que no había tenido en todos los años en los que me involucré en relaciones amorosas. Ya no había nada que ocultarle a nadie, me sentía muy bien conmigo, mi autoestima era sana y tenía la certeza de que mi prometido me ama por todo lo que soy y no sólo porque quiere utilizar mi cuerpo. Si antes alguien irrespetó mi pureza porque yo lo consentí, ahora no había ningún riesgo de que sucediera, porque simplemente estaba decidida a no permitirlo. Ahora no puedo estar tan segura: me he tropezado con la horrible realidad de que alguien puede despojarme de mi dignidad a la fuerza si así lo quiere.
Perder mis pertenencias fue lo de menor importancia, todo es remplazable, así como en aquel primer robo. Lo que más me afectó fue ver cómo una persona podía abusar de tal modo de su posición de poder sobre mí, sobre nosotros. No sé si afortunadamente, mi prometido no se dio cuenta de lo que me hicieron en el instante, porque él mismo estaba bajo la presión de entregar todo. Yo le conté después. Sé que hay gente que ha pasado experiencias mucho más horribles, es más, ya estoy cansada de contar mi historia y que miles de historias horribles salgan en la conversación, pero ahora las puedo comprender mejor.
La experiencia me hizo conciente del tema de la persecución como cristiana: A las personas malas nunca les importará cuánta fe tenga yo ni qué tanto me esfuerce por ser buena; eso es algo que sólo Dios premia en el juicio. La santidad poco garantiza en este mundo, y menos que quienes buscan injuriarlo a uno se detengan por respeto y admiración. Raros son los casos. Aún con el miedo y la decepción a flor de piel, debo seguir adelante con mi camino, tal vez con menos brillo que antes.
Comentarios
Publicar un comentario